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Las Obras de Construcción del Castillo San Felipe de Barajas
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Hacia 1639, con motivo de ciertas noticias que hicieron temer un ataque a Cartagena, el gobernador Melchor de Aguilera decidió fortificar el cerro, pero el proyecto fracasó porque los oficiales de la Real Hacienda se negaron a disponer de los fondos de las cajas reales sin orden expresa del Rey, pues dos cédulas reales prohibían hacer nuevas fortificaciones a costa del erario público sin previa consulta a la Junta de Guerra.

En los años siguientes la propuesta de Murga toma fuerza. La posibilidad de un desembarco del enemigo en un punto cualquiera de la bahía como el Playón de San Lázaro, significaba el peligro de que el atacante se tomara el promontorio y bombardease desde allí a la ciudad que quedaría a merced del fuego sin posibilidades de defenderse. Los gobernadores insisten y por fin se logra que una Real Cédula de 20 de septiembre de 1647 disponga la construcción de un castillejo o plataforma para cuatro o seis piezas de artillería en el cerro de San Lázaro. No obstante, por falta de recursos la obra debería esperar diez años más.

Gracias a la iniciativa de don Pedro Zapata de Mendoza, uno de los más diligentes y emprendedores gobernadores de Cartagena, vino a ponerse en ejecución, por fin, lo ordenado en la antigua Cédula. El gobernador Zapata valiéndose de una colecta que organizó entre los comerciantes de la plaza, con la que contribuyó aportando de sus propios fondos tres mil pesos para la obra -cuantiosa donación que equivalía a su salario de todo un año- obtuvo los recursos para la construcción del fuerte de San Felipe de Barajas, nombre con el que quiso honrar a Felipe IV, monarca reinante y al título nobiliario de sus mayores los condes de Barajas.

El proyecto del Castillo de San Felipe de Barajas es encargado al ingeniero holandés Ricardo Carr, quien había huido de los ingleses establecidos en Jamaica. Carr diseñó un pequeño fuerte de los llamados “de bonete”, por estar coronando una elevación en forma de triángulo irregular con tres pequeños medios baluartes de forma poco ortodoxa, con cuatro garitas en los extremos, aljibe, almacén, alojamiento para los soldados y una sola puerta frente a la ciudad, defendida por dos traveses o parapetos para sendos cañones pedreros. Contaba con sólo ocho cañones colocados “a barbeta” -que era como se solía decir cuando se ponían sobre el parapeto- para ser disparados por una pequeña guarnición de 20 soldados y cuatro artilleros.

Se construye en poco más de un año, entre 1556 y 1557, bajo las órdenes del maestro mayor Gaspar Mejía, pues el ingeniero Juan de Somovilla había salido de la plaza en una misión de rescate de unos galeones hundidos. Su costo fue de 13.235 pesos aportados en sus dos terceras partes por los vecinos, lo cual da una idea de la modestia de esta fortificación que sólo pretendía ser un puesto de avanzada que disuadiera al enemigo de intentar un ataque por tierra y le impidiera tomar esa altura.

Fue, durante más de un siglo llave de la ciudad por la parte de tierra y aunque rendido por los franceses en 1697, salvó a Cartagena en 1741, cuando el ataque del almirante Vernon fracasó ante sus muros. En la espadaña sobre la puerta de entrada al primitivo castillo hay una lápida que reproduce la original instalada allí al terminar las obras para recordar que reinando Felipe IV el Grande y gobernando por segunda vez don Pedro Zapata se construyó el castillo en el año 1957.

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