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Baños públicos / El documento entre la realidad y la ficción
Publicado por: MUHCA

Como suele suceder en la cultura del Caribe colombiano, el uso de aquel balneario se convirtió en una costumbre que los cartageneros asumieron medio en serio y medio en broma. Prueba de ello es la crónica Baños de Mar, salida de la pluma de Daniel Lemaitre, hombre de empresas y gran conocedor de las entrañas populares de Cartagena que logró recoger en sus famosos Corralitos de Piedra, que son retratos vivos de la sociedad cartagenera de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

Cuenta Lemaitre que

"En ello tempore, el baño de mar no era mixto. El mixto era inflamable, como la cabeza de los fósforos. Precauciones de la época. las señoras iban a la playa del boquetillo y los hombres a la de Santo Domingo. A veces un ´´pez Nicolao´´ braceando firme se abría afuera arqueando el rumbo hacia el sector femenino. El premio de aquel esfuerzo era ver unos como granitos de pimienta alla lejos en la orilla.

Porque las damas-era de rigor- para bañarse en el mar, hacían unos camisones de zaraza morada, cerrados al cuello, que las hacían incalibrables. Aquel ropón desafiaba hasta el rayo X.

Sin embargo no dejaban de atraer a algunos bobos que de tiempo en tiempo aparecían atisbando por la muralla con una malicia más potente que su binóculo. Conocido el hecho, tronaba ´´ El Porvenir´´. En una gacetilla vibrante, llena de caballeresca ira, se llamaba la atención a la policía y al Señor Alcalde. La ciudadanía lastimada pedía punto final a aquello. Así fue como don Hortensio de la Ossa, burgomaestre de entonces, construyo un amplio mamparo de madera que el viento y las olas se llevaron poco después.

Yo mismo, desafié a los puños a un mi amigo intimo por un desacato de esos. Me dijeron que con catalejo había observado el baño de algunas muchachas recién llegadas de Barranquilla, y entre ellas estaba mi novia. Que tiempos, que costumbres y pobres sátiros que se inflamaban a la vista de un capuchón lejano!
Ni mojados que estuvieran!

Ese mismo episodio lo retomaría muchos después Gabriel García Márquez, en El amor en los tiempos del Cólera, que evoca la Cartagena sumergida en la gran crisis del siglo XIX:

“Durante el día el placer era otro, sobre todo los domingos. En el barrio de Los Virreyes, donde vivían los ricos de la ciudad vieja, las playas de las mujeres estaban separadas de las de los hombres por un muro de argamasa: una a la derecha y otra a la izquierda del faro. Así que el farero había instalado un catalejo con el cual podía contemplarse, mediante el pago de un centavo, la playa de las mujeres. Sin saberse observadas, las señoritas de sociedad se mostraban lo mejor que podían dentro de sus trajes de baño de grandes volantes, con zapatillas y sombreros, que ocultaban los cuerpos casi tanto como la ropa de calle, y eran además menos atractivos.

Las madres las vigilaban desde la orilla, sentadas a pleno sol en mecedoras de mimbre con los mismos vestidos, los mismos Sombreros de plumas, las mismas sombrillas de organza con que habían ido a la misa mayor, por temor de que los hombres de las playas vecinas las sedujeran por debajo del agua. La realidad era que a través del catalejo no podía verse más ni nada más excitante de lo que podía verse en la calle, pero eran muchos los clientes que acudían cada domingo a disputarse el telescopio por el puro deleite de probar los frutos insípidos del cercado ajeno”
 

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